Relaciones que funcionan

Relaciones que funcionan

relaciones que funcionan

La mayor parte de lo que hacemos en nuestra vida lo hacemos formando parte de una relación. Nacemos y crecemos relacionándonos con nuestros padres y hermanos, estudiamos en clases donde nos relacionamos con compañeros y amigos, en el trabajo nos relacionamos con nuestro jefe, los colegas, o los clientes.

La interacción con otras personas es inevitable y además indispensable para satisfacer la necesidad de conexión y contribución del ser humano.

Cualquier relación personal o profesional puede ser una fuente de bienestar, seguridad y satisfacción personal o por el contrario, una fuente de sufrimiento, estrés o inseguridad.

¿De qué depende entonces que las relaciones sean de un tipo o de otro?

En el artículo de hoy exploraremos la anatomía de las relaciones y veremos qué es lo que está bajo nuestro control para hacer que una relación funcione y sea una fuente de bienestar. Podemos mirar a la relación como un ente en si mismo que siente, reacciona y sobre todo, que tiene necesidades. Y es que la relación se comporta como una probeta de laboratorio en la que mezclamos ciertos ingredientes y obtenemos una reacción.

Es decir, la relación está compuesta por los ingredientes que cada una de las personas que forman esa relación ponen en ella.

Así, si una de las personas que forma parte de la relación pone amor, habrá amor en la relación, y si pone desconfianza, habrá desconfianza. Estos componentes además se mezclarán con los componentes que ponga la otra persona y la relación sentirá y reaccionará en consecuencia, o mejor dicho, como consecuencia. Y es que, como ocurre cuando mezclamos ingredientes al azar y sin medir las cantidades, la reacción que obtenemos puede que no sea la que esperábamos, e incluso, puede llegar a explotarnos.

¿Por qué perdemos el control de esta reacción y por lo tanto de lo que ocurre en la relación?

Estas son 3 de las razones más importantes: 1. Tendemos a poner el foco en la otra persona y darle todo el poder de la relación a ella. Así, si la relación es buena decimos que es por que la otra persona es muy maja, buena, simpática, extrovertida, etc. Y cuando la relación no es tan buena la razón que damos es que la otra persona es un poco rara, pesada, cerrada, borde, exigente, etc. Ahora bien, ¿y nosotros?. ¿Quién estamos siendo en la relación?: Abiertos, simpáticos y amorosos o cerrados, bordes y egocéntricos. 2. Entramos en la crítica y el victimismo. Desde aquí todo lo malo lo hace al otra persona y yo, lo hago todo bien. Lo que me convierte en una víctima con las manos atadas. Nos armamos con argumentos que corroboran nuestra posición y la única solución que vemos para llegar a tener la relación que queremos depende exclusivamente de que la otra persona cambie. Cuando hacemos esto nos ponemos a merced de la otra persona y perdemos el control absoluto de lo que ocurre en la relación, a la vez que contribuimos con impotencia, juicios, frustración y rechazo hacia la otra persona. 3. Tenemos expectativas sobre como debería ser o actuar la otra persona y, por un lado, las damos por supuestas y no las compartimos, lo que provoca que la otra persona no sepa cuál es la barra de medida que se está usando para medirle, y por otro lado, no tiene la información necesaria para hacerlo de otra manera. Osea, que le exigimos algo de lo que no es consciente. En este caso exigimos una serie de comportamientos y actuaciones pero no nos molestamos en pedirlas de forma clara porque, entre otras cosas, “es algo que es de sentido común, o que debería salir de la otra persona”.

En definitiva, perdemos el control de la relación en el momento en el que ponemos el foco fuera de nosotros, en aquello sobre lo que no tenemos control, y nos quitamos la responsabilidad de contribuir conscientemente con los ingredientes necesarios para crear la relación que queremos.

De aquí podemos deducir que: La clave para hacer que una relación sea como deseamos está en responsabilizarnos de poner en ella aquellos ingredientes que echemos de menos y probar con distintas dosis o ingredientes hasta que la reacción en la probeta de la relación sea la que queremos. Estos son algunos pasos para pasar de una relación que nos absorbe y frustra a otra que sea fuente de bienestar, armonía y satisfacción personal: 1. Condición necesaria: antes de dar ningún paso párate a preguntarte si realmente quieres poner atención y esfuerzo en crear un cambio en la relación. ¿Qué beneficios obtendrás si la relación se vuelve más armoniosa? 2. Presta atención a qué ingredientes estás poniendo en la relación. Los ingredientes no son los actos o tus funciones dentro de la relación. ¿Estás poniendo: juicios, crítica, rigidez, frustración, desconfianza, o amor, aceptación, ilusión,…? 3. Hazte la siguiente pregunta: ¿Qué ingredientes me gustaría que hubiera en la relación? Ej: comprensión, confianza, tranquilidad, aceptación, amor, flexibilidad…. 4. Comienza a poner tú estos ingredientes. Adaptando una de las frases más conocidas de Gandhi: “Sé el cambio que quieras ver en la relación”

A por ello!!

 

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Una Vida con los Demás: Relaciones que Funcionan 

 



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